Hay una idea muy extendida, alimentada durante décadas, de que “tener una finca” es el proyecto de retiro o vejez ideal. La imagen es atractiva: una parcela propia, unos animales, un huerto, frutales, y la promesa de una vida tranquila y autosuficiente. El problema es que esa imagen rara vez incluye los números reales de la producción, los costes de mantenimiento, la soledad frente al mercado o la incapacidad de competir con estructuras que trabajan a escala.
Peor aún, en los últimos años las re